Este artículo parte de una reflexión sobre una de mis experiencias recientes.

Un enfrentamiento con una persona se traduce en un distanciamiento que, cuando remite, no te deja el buen sabor de boca que te producía esa relación anteriormente.

Motivos puede haber muchos: el poso que ha dejado ese conflicto, el que esa relación haya cruzado un límite que se pensaba que no se pisaría jamás, la sorpresa de que ese roce te haya afectado tanto y, aquel del que acabo de darme cuenta: darte cuenta de que esa persona no actúa como tú actuarías.

Es un pensamiento habitual el idealizar a personas que son de nuestro agrado y que no conocemos en un alto grado. Solemos llenar esas lagunas de información con pensamientos positivos respecto a ellos. Esto facilita que esa relación fluya fácilmente al principio pero ralentiza la misma ante cualquier conflicto en el que esa mentira se desenmascare y, rápidamente, te obliga a preguntarte: “¿Esta persona es como es o como yo creía que era?”.

Te puedes dar cuenta de que alguien no es tan bueno o tan amable como pensabas. Tan sólo es alguien a quien no habías conocido lo suficiente.

Pese a ser un error habitual, bendito error el presuponer la bondad de alguien. Mala noticia será si llega el día en que no lo cometamos, eso significaría que no esperamos nada bueno de nadie. Desolador.